6 de abril de 2009

Shangri-La

Ya está listo el nuevo número de Shangri-La, lleno de ángeles exterminadores, literaturas salvajes, piezas en fugas y caballitos Winnipeg, entre otras cosas. Pasen y vean. (Yo misma ando por la página 153 despedazada entre Grecia y Canadá.)

22 de marzo de 2009

Agua, perro, caballo, cabeza, de Gonçalo M. Tavares

Miedo, un poco de terror y casi pánico. Ese revoltijo de sensaciones malignas me provoca Agua, perro, caballo, cabeza, de Gonçalo M. Tavares. ¿Cómo recomendar un libro así? ¿Podemos decir llanamente que “nos ha gustado”, que hemos “disfrutado” leyéndolo? Probablemente sí. Y, sin embargo, quizás convendría explicar a quien no nos conoce bien por qué nos gusta, por qué nos proporciona placer de espectador estético la lectura de veinticinco historias que discurre bajo el cauce de la truculencia, que se sustentan en los desvíos, los errores, la sangre y la peor entraña.

Quizás, a base de leer y de escribir sobre lo que leemos vamos indagando en nuestros gustos, vamos contorneando autores, afilando sus perfiles, estableciendo conexiones entre sus obras dispersas, arañando algo de pertenencia a sus mundos creados. Pero, ¿nos permite eso hacer, a la par, una reflexión sobre nosotros mismos como lectores? ¿Se parecen un lector que disfruta con los universos obsesivos de Céline y un lector que disfruta con las crónicas de sucesos en el periódico? ¿Qué leemos cuando leemos?

Agua, perro, caballo cabeza no es simplemente una crónica obsesivo-reflexiva sobre ciertos desvíos del comportamiento humano. Tampoco es un cuadro esmerado de las veinticinco posturas más humillantes del ser humano. No es, ni siquiera, un catálogo posible de perversiones. Aunque tiene, probablemente, un poco de todo eso, hay algo en el papel en que se envuelven los hechos que supone un salto y un alejamiento. Es ese alejamiento, acostado entre lo escrito y emanado en el cómo lo escrito, lo que provoca el vuelco, lo que otorga el don, lo que nos hace, finalmente, disfrutar la lectura.

Dentro de un libro que se desenvuelve, página a página, como una antivarita mágica, con sus perros defecando en la vereda, sus putas flácidas, sus cabezas de gato muerto y sus viejos en camilla, salta, sin embargo, el encanto, la suspensión lectora, el vilo estético que nos nubla el juicio y nos regocija hasta la sonrisa.

No hay una voluntad empeñada en embellecer lo sucio, lo bajo. No hay un regodeo vestido de transgresión en el abordaje de estos desvíos de lo humano. Hay una intimidad con estas formas en que, en ocasiones, se expresa lo humano: una violación, una muerte violenta, una frase que jamás debería decirse. Es esta intimidad, creo, la que me produce terror, miedo y casi pánico. Y es esa intimidad también la que me encanta, la que me suspende, la que me acerca a algo que, fuera del libro, sigue estando lejos.

¿De dónde sale esta intimidad? No hablo de la intimidad de Gonçalo M. Tavares con la pequeña maldad de los detalles. No me importa. Hablo de la intimidad con la pequeña maldad de los detalles que me impregna dentro de su libro abierto por cada relato. ¿Cómo consigue Gonçalo M. Tavares que yo me pasee, indefensa y sin preocupaciones, por una galería de turbiedades que, puestas en galería en una calle, jamás me atrevería a frecuentar? ¿Cómo consigue que yo me siente, cómoda e ilesa, en esta tribuna atroz del desencanto? ¿Qué palabras dice o deja de decir que forman este asiento?

Es su presencia adormecida y fácil entre lo narrado. Creo que en su abordaje de los reinos malignos, Tavares regresa radicalmente a la esencia de “la bendita manía de contar”. No hay impostura, no hay esquema concienzudamente narrativo que transmitir. Sí que, hay, seguro, los forenses de la narración podrían decirlo, esquema concienzudamente narrativo. Pero está escondido o, quizás mejor, ocultado. No hay deseo de presencia, no hay púlpito, no hay ego. Hay un hombre sentado en medio de todas las historias, como si, de repente, hubiese abierto los ojos en medio de un prostíbulo, en una calle empobrecida, en el pasillo de un hospital. Todos los relatos de este libro parecen desdoblarse en dos vertientes: la historia en sí, el cuerpo putrefacto, la prostituta a punto de morir, el hombre que soba los crucifijos, y la historia en el autor, él, aparecido en medio de la historia, a veces como personaje a punto de cortar un cuello con una radiografía, y otras veces, como simple narrador.

El estado de gracia en que se sume el lector al leer estos relatos brota, probablemente, de la forma que tiene Tavares de colocarse como narrador en las historias. Porque es un narrador, espectador, personaje espectador, sumido en una suerte de círculo inescapable.

“Entro en la cocina. “, dice Tavares y se coloca en medio de una historia. Pero luego se aleja: “Una fiesta animada, organizada por un amigo. Huele bien”. De repente, un acontecimiento atroz: al levantar la tapa de una olla, aparece la cabeza de un gato. La cabeza de un gato con la que el autor-personaje-espectador no tiene nada que ver. Simplemente, estaba ahí, esperándole. Tavares narrador, personaje, espectador, continúa en medio de la historia: “Pensé después en arroz, en pasta, en carne de vaca, me dio asco.” Y a continuación, se difumina, se pierde en la bruma de la fiesta y nos deja nuevamente a solas con la cabeza del gato: “Es la cabeza de un gato negro. La cabeza de un gato negro.”

A veces, el autor-narrador-personaje-espectador-capturador de historias se cuela en ellas discretamente. En malezas, avanza una historia de prostitutas y soldados. Ella ya está desnuda cuando, repentinamente, aparece él, que estaba detrás de la historia y habla de lo que ha oído: “Me contaron de un hospicio inhumano”, “Me contaron del loco”. Otras veces ocurre al revés, “No tengo alma, tengo medicina suficiente como los saludables, tengo tiempo.” Él entra abruptamente con su carga medicinal y obsesiva. Y luego nos deja solos “La vendedora intentaba vender los más caros, pero cuando reparó que le faltaba un dedo se calló por unos segundos y después dijo”. Pero entonces, abruptamente, nos rescata nuevamente, nos marea con sus idas y venidas: “(yo lo oí)”, nos lleva de la realidad ruda a la suspensión de la ficción.

Nos alejamos escépticamente de la violencia, de los suburbios de lo humano, rechazamos, casi moralmente, la realidad que se nos quiere alojar dentro y cuando ya estamos yéndonos, en la distancia, aparece Tavares, aparece Tavares cuando estamos a punto de rendirnos al juicio, de cerrar los ojos y volver a palpar nuestra realidad tosca e inofensiva, aparece Tavares desde la distancia, nos coge de la mano, del cogote, directamente de la piel, y nos sienta de nuevo, abruptamente, sin ritmo, sin pausa, sin causa, suspensos ante la narración, metidos de lleno en el miedo, sin herramientas para salir a juzgarlo, a desestimarlo, a saberlo ficticio, inofensivo, falso.

Gonçalo M. Tavares me da miedo.

18 de marzo de 2009

Fantasía y locura

Leo en un libro que el subconsciente (o el inconsciente, o el limbo donde convergen el alma y el cuerpo sin que estemos vigilando) es incapaz de distinguir la realidad de la fantasía cuando la fantasía tiene muchos detalles. ¿Será eso la locura, un exceso de detalle? ¿Será eso a lo que llamamos locura?

15 de marzo de 2009

Leer una frase dos veces

Destripando las entrañas del lenguaje y de la publicidad, oigo en la Cadena Ser un antiguo eslogan de Telemadrid:

Espejo de lo que somos

Al autor de este eslogan hay que reconocerle una gracia y una sagacidad casi larriana. O bien, hay que atribuirle una ceguera preocupante al barrera de turno.

En cualquier caso, la frase, en su contexto, es un auténtico hallazgo.

No sé qué pensará Esperanza.

6 de marzo de 2009

Meteorología asesina

Oído ayer en la Cadena Ser:

"La meteorología ha provocado ya cinco heridos."

Si tenemos en cuenta lo que dice el DRAE (y el sufijo -logía):

meteorología.
(Del gr. μετεωρολογία).
1. f. Ciencia que trata de la atmósfera y de los meteoros.


Podemos deducir titulares más concretos:
- Mario Picazo herido por un anemómetro en la azotea de los estudios de Telecinco.
- Florenci Rey envenenado por el mercurio de un barómetro.
- Un heliofanógrafo en mal estado provoca quemaduras graves a dos viandantes en Extremadura.

Y otros del estilo. Son ficción, por supuesto.

Decía Thomas Mann en su mágica montaña de clima beneficioso para el espíritu algo así como que hablar bien es ya signo de pensar bien.

Pues eso. Hablemos bien para pensar mejor.

4 de marzo de 2009

Aforismos de andar por casa

He aquí una serie de frases contundentes y/o resumidas cogidas al vuelo en diversas conversaciones extrañas y confortables. Pequeños aforismos de sofá. Diálogos para neurotiquillas primaverales. Lemas para una vida cotidiana. Las pequeñas leyes al estilo murphiano de tanta gente que me rodea. Fragmentos quizá chistosos de muchas cabezas muy distintas.

Sobre el paso del tiempo
“A veces no hago nada para no perder el tiempo.”

Sobre la sociedad y sus cosillas
“La sociedad contemporánea es como un abre-fácil: está diseñada para facilitarte lo que tú jamás habrías complicado de esa manera.”

“A día de hoy, la transgresión es un anacronismo.”

“Si fuera tartamudo diría que este mundo es una cacástrofe.”

“Dos viejas de mi pueblo (Algete) han abierto una tienda de chinos.”

Sobre la fe
“La fe es un don y yo no lo tengo.”

Sobre Bilbao
“Es una ciudad vasca que se precia de tener un equipo de fútbol formado exclusivamente por jugadores españoles.”

Sobre Alemania
“Alemania es un país tan estricto que si vas caminando y te saltas un semáforo te quitan el carnet de peatón.”

¿Y vosotros? ¿Qué frases cotidianas célebres atesoráis?

2 de marzo de 2009

Más Sobre Senilidad

Me gusta esta diferenciación que hace Ricardo Moragas Moragas entre senilidad y senescencia:
"a)Senilidad. El etiquetaje negativo más frecuente es el de "senil", calificativo asociado automáticamente con manifestaciones propias del envejecimiento patológico y caracterizado por pérdida de memoria, confusión mental, conducta irregular, etc. El término ha ganado popularidad y ha sido ampliamente difundido por los medios de comunicación pasando a identificar una conducta anormal, incapaz de mantener el ritmo de la vida social habitual. Las peresonas de cierta edad han interiorizado el estereotipo de la conducta senil y tienen miedo a ser catalogadas dentro de ella, ya que supondría el principio de la marginación social definitiva. El etiquetaje como senil supone la entrada en la categoría de anciano enfermo con nulas posibilidades de curación, ya que senilidad lleva inserta la temida inevitabilidad, cronicidad, o imposibilidad de curación.

A partir de cierta edad es frecuente que cualquier pequeña limitación de las facultades psíquicas tienda a identificarse con manifestaciones de senilidad. Por ejemplo, si un trabajador de más de sesenta años olvida algo, él mismo puede preguntar con temor: "¿Estaré volviéndome senil y perdiendo facultades para siempre?" Mientras que si su compañero de trabajo joven olvida algo, lo único que sucede es que piensan él y los demás que es un distraído. Estas deficiencias aparecen con mayor frecuencia en la ancianidad, pero la mayoría de los ancianos no experimenta la senilidad. Lo que experimentan los ancianos es la senescencia o proceso de envejecimiento como cualquier organismo vivo, pero la senescencia no lleva en sí otra limitación que la común al envejecimiento de los órganos. La semejanza de ambos términos ha llevado a identificar senescencia con senilidad pero ello equivaldría a decir que por tener sistema circulatorio todos debemos tener enfermedades cardiovasculares.

En realidad, los jóvenes tienen objetivamente más manifestaciones de irregularidad psíquica, pero estas irregularidades se consideran "normales" para su edad, socialmente aceptables y sin consecuencias importantes para el rol social del joven. Por otra parte, el etiquetaje de un anciano como senil posee consecuencias terriblemente desventajosas para la persona mayor: desde considerarlo un riesgo para la comunidad y tener que protegerlo para evitar que se dañe, suponerlo mentalmente incapaz por lo que no puede mantener una conversación y resultar socialmente peligroso por lo que debe ser internado."


Ricardo Moragas Moragas en Gerontología social. Envejecimiento y calidad de vida. Editorial Herder

La redacción y la puntuación son, eso sí, francamente mejorables.
 
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