Miedo, un poco de terror y casi pánico. Ese revoltijo de sensaciones malignas me provoca
Agua, perro, caballo, cabeza, de
Gonçalo M. Tavares. ¿Cómo recomendar un libro así? ¿Podemos decir llanamente que “nos ha gustado”, que hemos “disfrutado” leyéndolo? Probablemente sí. Y, sin embargo, quizás convendría explicar a quien no nos conoce bien por qué nos gusta, por qué nos proporciona placer de espectador estético la lectura de veinticinco historias que discurre bajo el cauce de la truculencia, que se sustentan en los desvíos, los errores, la sangre y la peor entraña.
Quizás, a base de leer y de escribir sobre lo que leemos vamos indagando en nuestros gustos, vamos contorneando autores, afilando sus perfiles, estableciendo conexiones entre sus obras dispersas, arañando algo de pertenencia a sus mundos creados. Pero, ¿nos permite eso hacer, a la par, una reflexión sobre nosotros mismos como lectores? ¿Se parecen un lector que disfruta con los universos obsesivos de
Céline y un lector que disfruta con las crónicas de sucesos en el periódico? ¿Qué leemos cuando leemos?
Agua, perro, caballo cabeza no es simplemente una crónica obsesivo-reflexiva sobre ciertos desvíos del comportamiento humano. Tampoco es un cuadro esmerado de las veinticinco posturas más humillantes del ser humano. No es, ni siquiera, un catálogo posible de perversiones. Aunque tiene, probablemente, un poco de todo eso, hay algo en el papel en que se envuelven los hechos que supone un salto y un alejamiento. Es ese alejamiento, acostado entre lo escrito y emanado en el cómo lo escrito, lo que provoca el vuelco, lo que otorga el don, lo que nos hace, finalmente, disfrutar la lectura.
Dentro de un libro que se desenvuelve, página a página, como una antivarita mágica, con sus perros defecando en la vereda, sus putas flácidas, sus cabezas de gato muerto y sus viejos en camilla, salta, sin embargo, el encanto, la suspensión lectora, el vilo estético que nos nubla el juicio y nos regocija hasta la sonrisa.
No hay una voluntad empeñada en embellecer lo sucio, lo bajo. No hay un regodeo vestido de transgresión en el abordaje de estos desvíos de lo humano. Hay una intimidad con estas formas en que, en ocasiones, se expresa lo humano: una violación, una muerte violenta, una frase que jamás debería decirse. Es esta intimidad, creo, la que me produce terror, miedo y casi pánico. Y es esa intimidad también la que me encanta, la que me suspende, la que me acerca a algo que, fuera del libro, sigue estando lejos.
¿De dónde sale esta intimidad? No hablo de la intimidad de Gonçalo M. Tavares con la pequeña maldad de los detalles. No me importa. Hablo de la intimidad con la pequeña maldad de los detalles que me impregna dentro de su libro abierto por cada relato. ¿Cómo consigue
Gonçalo M. Tavares que yo me pasee, indefensa y sin preocupaciones, por una galería de turbiedades que, puestas en galería en una calle, jamás me atrevería a frecuentar? ¿Cómo consigue que yo me siente, cómoda e ilesa, en esta tribuna atroz del desencanto? ¿Qué palabras dice o deja de decir que forman este asiento?
Es su presencia adormecida y fácil entre lo narrado. Creo que en su abordaje de los reinos malignos,
Tavares regresa radicalmente a la esencia de “la bendita manía de contar”. No hay impostura, no hay esquema concienzudamente narrativo que transmitir. Sí que, hay, seguro, los forenses de la narración podrían decirlo, esquema concienzudamente narrativo. Pero está escondido o, quizás mejor, ocultado. No hay deseo de presencia, no hay púlpito, no hay ego. Hay un hombre sentado en medio de todas las historias, como si, de repente, hubiese abierto los ojos en medio de un prostíbulo, en una calle empobrecida, en el pasillo de un hospital. Todos los relatos de este libro parecen desdoblarse en dos vertientes: la historia en sí, el cuerpo putrefacto, la prostituta a punto de morir, el hombre que soba los crucifijos, y la historia en el autor, él, aparecido en medio de la historia, a veces como personaje a punto de cortar un cuello con una radiografía, y otras veces, como simple narrador.
El estado de gracia en que se sume el lector al leer estos relatos brota, probablemente, de la forma que tiene
Tavares de colocarse como narrador en las historias. Porque es un narrador, espectador, personaje espectador, sumido en una suerte de círculo inescapable.
“Entro en la cocina. “, dice
Tavares y se coloca en medio de una historia. Pero luego se aleja: “Una fiesta animada, organizada por un amigo. Huele bien”. De repente, un acontecimiento atroz: al levantar la tapa de una olla, aparece la cabeza de un gato. La cabeza de un gato con la que el autor-personaje-espectador no tiene nada que ver. Simplemente, estaba ahí, esperándole.
Tavares narrador, personaje, espectador, continúa en medio de la historia: “Pensé después en arroz, en pasta, en carne de vaca, me dio asco.” Y a continuación, se difumina, se pierde en la bruma de la fiesta y nos deja nuevamente a solas con la cabeza del gato: “Es la cabeza de un gato negro. La cabeza de un gato negro.”
A veces, el autor-narrador-personaje-espectador-capturador de historias se cuela en ellas discretamente. En malezas, avanza una historia de prostitutas y soldados. Ella ya está desnuda cuando, repentinamente, aparece él, que estaba detrás de la historia y habla de lo que ha oído: “Me contaron de un hospicio inhumano”, “Me contaron del loco”. Otras veces ocurre al revés, “No tengo alma, tengo medicina suficiente como los saludables, tengo tiempo.” Él entra abruptamente con su carga medicinal y obsesiva. Y luego nos deja solos “La vendedora intentaba vender los más caros, pero cuando reparó que le faltaba un dedo se calló por unos segundos y después dijo”. Pero entonces, abruptamente, nos rescata nuevamente, nos marea con sus idas y venidas: “(yo lo oí)”, nos lleva de la realidad ruda a la suspensión de la ficción.
Nos alejamos escépticamente de la violencia, de los suburbios de lo humano, rechazamos, casi moralmente, la realidad que se nos quiere alojar dentro y cuando ya estamos yéndonos, en la distancia, aparece
Tavares, aparece
Tavares cuando estamos a punto de rendirnos al juicio, de cerrar los ojos y volver a palpar nuestra realidad tosca e inofensiva, aparece
Tavares desde la distancia, nos coge de la mano, del cogote, directamente de la piel, y nos sienta de nuevo, abruptamente, sin ritmo, sin pausa, sin causa, suspensos ante la narración, metidos de lleno en el miedo, sin herramientas para salir a juzgarlo, a desestimarlo, a saberlo ficticio, inofensivo, falso.
Gonçalo M. Tavares me da miedo.